Anthony Hopkins se une a John Travolta en una historia de mafiosos dirigida por Joe Johnston.
julio 21, 2012
Por qué ‘The Dark Knight Rises’ no es un cierre digno a la saga
AVISO: SPOILERS MUCHOS. TOA LA PELI, VAMOS.

Antes de decir nada, un par de aclaraciones. La primera de ellas es que este artículo no debería llamarse como se llama. Por una razón simple: más que entender que este cierre lo es para la trilogía, iniciada con Batman Begins en 2005, entiendo que esta última película es una secuela para la de 2008. Me resulta imposible no disociar esa especie de prólogo (glorioso, pero prólogo) que es la primera película, porque no considero que siquiera desee alcanzar la grandeza que las dos siguientes pretenden. Por su carácter introductorio queda en algo más pequeño, algo que sin duda presagia lo que está por venir, pero no lo explicita. Quizá “Por qué The Dark Knight Rises no es la continuación debida a la gran película que es The Dark Knigh” es un encabezamiento más certero, pero sin duda es menos atractivo, y a desde luego, mucho más feo.
La segunda, que pese a meterme en lo que me voy a meter, no soy ni de lejos un experto en la materia. Con esto quiero decir que la crítica cinematográfica que realizo la hago de la misma sencilla manera en que mis numerosos compañeros la hacen: con pasión, con constructivismo (los más), pero con el único punto a favor de haber visto demasiadas películas. La gran accesibilidad del séptimo arte al público, entendiendo a éste último como el receptor de un mensaje cifrado en lenguaje audiovisual que es con todas las de la ley equiparable al mensaje emitido por cualquier otra vía de expresión artística, conlleva el inconveniente de que proliferen, más aún en esta época que vivimos, hordas de injustamente llamados críticos que se alzan con el derecho a opinar cegados por los colores de un mercado que en realidad no les ha hecho entendidos, sino simplemente consumidores indignados (o no). Aunque esto creo que se va un poco de tema. A donde quiero llegar es que no pretendo deslumbrar a nadie con nada de lo que no se haya podido dar cuenta antes. Todo lo que voy a decir son obviedades que están al servicio no de un cliente ofendido, sino de un intento de racionalización de una crítica cuya mejor defensa está en afinar la puntería.
Dicho esto, voy al meollo. De primeras diré que The Dark Knight Rises ha sido una tremenda decepción. Y parafraseando a Boyero, solo te decepciona aquello que te había generado expectativas. Si bien podía estar seguro de que no iba a obtener la satisfacción que encontré en la predecesora, decir que sabía que no me encontraría con algo igual solo era una manera de ocultar las ganas que tenía de que así fuera. Pero por otro lado, me era imposible adivinar que la película pudiera llegar a aburrirme, enfadarme, e incluso la mayor abominación de todas, hacerme sentir indiferente. Allá va mi apología por tan tremendas palabras.
1.- Temática general.
Lo que antes conviene decir es lo más evidente. De vuelta a casa tras la proyección, mi hermano, el mejor crítico de mis críticas, ha comentado que dos películas hubiera sido lo ideal para contar todo lo que ésta tenía por contar. Centrándonos exclusivamente en los aspectos temáticos (y obviando las otras muchas faltas, además de las claras alusiones a recientes éxitos de taquilla como la última entrega de Harry Potter o de la saga Crepúsculo), es una observación indiscutible.
Se incluyen cuatro personajes nuevos en este film(e). Dos principales: Bane, del que tenemos que enterarnos de toda su vida para saber lo que le mueve a comportarse como lo hace; Catwoman/Selina Kyle, de la que tendríamos que habernos enterado de toda su vida para saber lo que le mueve a comportarse como lo hace. Y dos secundarios, que cobran relevancia conforme avanza el metraje: Miranda/Talia, que espera hasta los últimos minutos para contarnos la verdad sobre un personaje cuya profundización psicológica requeriría un trato tan especial como el de Batman; y Blake/Robin, que toda la peli camina sin pena ni gloria hasta ser encumbrado de nuevo en los minutos finales.
Tenemos entonces dos antagonistas omnipresentes en la historia del superhéroe, una tócame Roque también de constante aparición, y el compañero por excelencia del enmascarado. Todos concentrados en tres horas de metraje. Pero por si fuera poco, asistimos a dos episodios de enfrentamiento personal de Wayne (su recuperación de la segunda y su recuperación de Bane) y a la caída del imperio de la razón en una sociedad que se come a sí misma engañada por Bane. ¿Conclusión? El aburrimiento experimentado en la segunda mitad de la película lo achaco no a la lentitud, sino al exceso de información, que trae consigo una acumulación de acontecimientos sin solución de continuidad que por razones lógicas no dan cabida a la asimilación de datos. Algo parecido a lo que ocurría con la primera hora de Origen (Christopher Nolan, 2010).
Bane tiene una presencia acertada, si empezamos a mirar pesos en la balanza. Sale lo que tiene que salir (no se cuantificar eso, pero tiene el peso que le corresponde como villano principal). Su gran problema es que conocemos su historia a través de injertos a los que se les notan los remaches. Un poco a través de la fugaz conversación de la pelea (en un tono exageradamente épico), otro poco en la estancia de Bruce en la cárcel, y prácticamente todo en el giro final, el mayor y más resplandeciente calzador de todos. Como ya he dicho, Blake/Robin pasa desapercibido (aunque por ser un actor conocido, todos sepamos que le espera un destino especial). Son las mujeres las que se llevan la peor parte. Miranda/Talia es presentada con la siguiente enumeración de apariciones:
- Quiere hablar con Wayne, pero no le dejan.
- Puede hablar con Wayne, pero no lo hace.
- Se encuentra con Wayne por segunda vez, y se acuesta con él.
Parece faltar información. Relleno de cojín, sí, pero necesario para que el entramado se sostenga. Cuando se encuentran a la vuelta de Wayne a una Gotham asolada, el millonario ya trata de salvarla como si del amor de su vida se tratara. En un apunte que tengo que hacer, mencionaré que su muerte es la más nefanda que he visto desde la de Benicio del Toro en El Hombre Lobo (Joe Johnston, 2010). Y eso ya corre a cuenta de la actriz.
En cuanto a Catwoman, trato lo más posible de olvidarme de su historia en los comics, para intentar comprender el personaje creado por Nolan. Su amiga rubia sale, pero no hace nada. Su cleptomanía es tan pasajera como cualquier moda, y que esté enamorada de Bruce, lo intuimos cuando al final los vemos juntos. Bueno, ahí, y en un beso con un plano que les rodea, que me ha remitido de inmediato al dramatismo más irónico del beso de Brazil (Terry Gilliam, 1985). Y Bruce ¿qué hace, ante esta afluencia de amoríos? Pues cuando se le acaba con una, se van con otra tan ricamente. Y ya ha dejado de doler la muerte de su amada Rachel. En fin, Catwoman es solo una asustada ladrona que no hace más que huir hasta que toma su decisión final. ¿Dónde está el carácter antológico de esta femme fatale? Comparando, son más las escenas en las que huye, traiciona, duda y se humilla, que en las que queda encumbrada como merecería.
En lo que a Bruce respecta, la madurez alcanzada en El Caballero Oscuro desaparece casi completamente en esta. De repente es desmesuradamente sensible con el hecho de que Alfred le ocultara la carta de Rachel, casi como si el verdadero Bruce fuera ese millonario excéntrico del que todos hablan. Una rabia asesina inexplicable le hace atacar a lo loco, y gritar, y olvidarse de luchar, en su primer enfrentamiento con Bane. Y cuando es encerrado en la prisión del desierto, se olvida de su perfecta síntesis alma – cuerpo, y se vuelve un crío tonto que cree que con solo entrenar conseguirá salir del pozo, y un médico que habla un idioma extraño hasta que se cansa y habla el nuestro, es el encargado de recordarle que no. Que el miedo es la clave. Como Batman no sabe de miedos…
2.- Estructura y estilo.
Ante tamaña marabunta de personajes y acontecimientos, Nolan parece no tener otra salida que la del montaje acelerado. Así que a la profusión de historias se le suma su encadenamiento en secuencias agotadoras. A través del montaje paralelo viajamos someramente por las historias de Selina, Bruce, Bane, Gordon, y sus respectivos acompañantes, sin detenernos mucho en ninguna, y debiendo suplir con lo que creemos saber de los personajes las faltas del guion.
La primera pelea con Bane y el encarcelamiento de Bruce son la transición entre la primera y la segunda parte de la película, creo que bien diferenciadas. Toda la primera hora y media es una introducción de caracteres (o un sacar brillo a los viejos). El gran problema de esta postura es que el caos se puede desencadenar (y se desencadena) muy rápido, si la cosa no se ata en corto. Es un espectáculo bastante lamentable ver escenas en las que parecen faltar imágenes, que dejan la acción entrecortada (pienso en alguna escapada de Selina, o en la primera vez que Miranda ve el reactor de fusión debajo del río) porque no se observa el movimiento completo. No es raccord, es simplemente falta de plano. Todo es rápido, entrecortado, a veces confuso, y si bien asistimos a grandes escenas (el asalto a la bolsa), parece que el resto sean interludios puramente funcionales.

Lo bueno de la segunda parte es que parece bajar el número de focos. Tenemos la ciudad por un lado, y la cárcel – pozo por otra. En la ciudad, la secuenciación de las acciones es en general más regular, adquiere un ritmo más igual en ese proceso de gestación de la lucha por parte de la policía. Pero aún nos encontramos con inexplicables interrupciones. Por ejemplo, el parón que supone, en medio de todo el hervidero de actividad posterior a la pelea central, ver al niño cantando, que no aporta nada, no está justificado, y no sienta precedente para realizar más momentos de su especie. En la cárcel, todo resulta demasiado irrisorio para considerar un orden: Ra’s al Ghul se aparece a Wayne, para desaparecer como desapareció Nosferatu bajo el sol. Un par de viejos presos, nuestro amigo políglota y el vigilante de Bruce, son el alma de la fiesta. Los intentos de escalar el pozo piden a gritos un hilo musical similar al de esas escenas en las que el héroe de cualquier película se entrena para superar obstáculos, o construye un arma poco a poco, o traza un plan con gags cómicos de por medio.
Tirando hacia el final, todo parece centrarse. Tiene su sentido. Aproximándose semejante giro de guion, resulta acertado relajar el estilo. Repito, entremedias encontramos grandes escenas. La batalla entre los baneitas y la policía, la reaparición de Batman, el asalto a los camiones blindados que pueden llevar la bomba… Quizá sea el pegamento lo que falla.
3.- Guión.
Recuerdo haber anotado mentalmente agujeros de guion, pero como en su momento se me olvidó apuntarlos en papel, se me han olvidado. Me centraré entonces en el final. De entre todas las cosas que han podido enfadarme de la película, la secuencia de acciones cercana a la explosión de la bomba ha sido la que más. Por su acumulación de tópicos. Por su giro sorpresa. Porque en un momento, la idea de Nolan, esa que a base de darnos leña nos ha hecho crearnos de su persona, se ha desmontado en un momento. Y enumero:
- Las casualidades se multiplican. Justo cuando Talia pulsa el botón, Gordon coloca el inhibidor en la bomba. Justo cuando Bane matará a Batman, Catwoman aparece y le dispara.
- Un giro sorpresa como el de que Miranda es Talia no es efectivo. Primero, porque todos imaginamos que siendo una actriz de la talla de Cotillard la que la interpreta, su personaje no puede pasar como si nada por la película. Segundo, porque es realmente innecesario. Si me dices que fue Bane el que escapó de la prisión, me resulta igual de válido, y es más, más lógico para con la trama. No hay nada anteriormente que pueda apuntar a que Miranda sea mala. Parece un capricho momentáneo de
guionista, más que una necesidad de la historia. - La aparente muerte de Batman. Y todo lo que desencadena:
- Alfred llora desesperadamente, y cuando se encuentra a Wayne enfrente de él, parece la cosa más natural del mundo. Por otro lado, Wayne decide mostrarse a Alfred tal y como su criado lo había pensado. Que también, vaya historia más rebuscada: “Me voy de vacaciones a Florencia. Me siento todos los días en la misma terraza. Pido todos los días lo mismo. Y sueño con verte allí”. Da la impresión de que primero se pensó el momento final, y luego se introdujo la querencia de Alfred en una especie de recurso catafórico que satisface al espectador porque le hace pensar “eh, esto ya lo dijeron antes y yo me acuerdo de que lo dijeron”.
- Blake revela su “identidad” como Robin. Lo entrecomillo porque tampoco es Robin, sino que el descubrimiento de la Batcueva da a entender que más bien será el próximo Batman. Pero su presentación como tal personaje es de lo más artificial: “Me gusta más tu nombre completo. Deberías presentarte con tu nombre completo”.
- De repente, Selina y Bruce están juntos. Digo de repente, porque como ya he dicho antes, jamás se deja ver un atisbo de relación. Huelga decir que el encanto de su relación está, en los comics, en la imposibilidad de que estén juntos. Pero como a Catwoman le han extirpado su lado más salvaje, que en apenas un par de momentos vemos manifestarse, al espectador que no conozca el personaje original no lo sentirá como tal.
- Y a todo esto, ¿era necesario que Bruce siguiera vivo? Si no había piloto automático, ¿cómo saltó? Ah, lo arregló sin que lo supiéramos. Pillín. Por eso la broma constante del piloto automático. Para que el espectador, de nuevo, lo asocie y diga “eh, lo arreglado, y yo me he enterado de que lo ha arreglado”. Bueno, aceptamos pulpo como animal de compañía. Pero es que si muriera, también entenderíamos a Blake como su sucesor. No era necesario mostrárnoslo viviendo una vida normal. A no ser, claro, que se quiera complacer al espectador sensible. El espectador al que no le gustan los finales tristes. El espectador, en definitiva, que acude al cine a echar la tarde, a no pensar, y a entretenerse. Que no está mal, entiéndaseme. Pero no creo que esta sea la película para evadirse más ideal.

Y un par de apuntes más, que me vienen ahora a la cabeza. La escena del campo de fútbol, ¿es un capricho? En ningún momento, de todo ese proceso de colocación de bombas, de investigación policial, de lo que sea, se menciona un partido importante, un campo de fútbol, ni nada por el estilo. No sabemos que es Bane tiene pensado dar allí su discurso. No discuto el no saber lo que Bane irá a hacer, pero si saber qué sitios le interesan, qué objetivo le interesa. Y en medio de la explosión de la ciudad, ale, estamos en un campo que se hunde. De nuevo, aparición de nuestro amigo calzador.
Y otra cosa… ¿no se parecen demasiado el plan final del Joker (hundir los barcos, dejar el detonador de uno en el barco del otro y confiar en la maldad intrínseca del hombre) al plan de Bane (que los propios ciudadanos sean los que creen el caos)? Es solo un comentario.
4. Banda sonora (que merece un apartado especial).
No me gustaría cerrar estas palabras sin comentar la música. Hans Zimmer mola. Pero está dejando de molar, poco a poco. Ya no es que se repita a sí mismo entre película y película. Es que se repite a sí mismo entre pista de una banda sonora, y la pista siguiente de la misma banda sonora. En ocasiones, la música es tan atronadora que no puedes oír lo que dicen los personajes. En ocasiones, la música no encaja para nada con lo que sucede (Lucius Fox toqueteando un ordenador, y los tambores graves sonando a toa teta). Y en todo momento, la música es un ungüento amarillo que recoge y da apariencia de unión a todas las secuencias deslavazadas que comentábamos antes. Con mucha música, parece que todo tiene continuidad, cuando peca precisamente de falta de la misma.
Un ejemplo de la música como este ungüento maravilloso es la pelea final entre Bane y Batman. El sitio de Batman es la oscuridad. En las entregas anteriores se nos ha acostumbrado a verlo peleando a oscuras, moviéndose rápido en la tiniebla y golpeando certeramente. En esta pelea, no obstante, lo tenemos a plena luz del día y rodeado de gente. Eso por un lado. Por otro, tenemos las características físicas de ambos sujetos. Dos tíos enormes, uno lleno de músculo, el otro llevando un traje que, digan lo digan, salta a la vista que entorpece sus movimientos. ¿Conclusión? Esa pelea cuerpo a cuerpo resulta bastante seca, bastante insípida, y sobre todo bastante artificial (se huelen los movimientos por la lentitud de su coreografía). Pero aquí hace acto de presencia la música. Una orquesta que atrona desde el choque de ambos bandos, que cubre todo con su manto acaparador, y que por su épica, convierte casi cualquier escena en algo digno de ver. Solo hay que echar un vistazo al vídeo de Alan Rickman tirando una mesa a cámara lenta con la música de Origen, o al reciente “Garci vs. Nolan”, que pone esta misma banda sonora al tráiler del Sherlock del cineasta español. Al final, tanta gloria, tanto empuje a la imagen proporcionado por la inmisericorde música acaba saturando los oídos.
Se me ha escapado la broma fácil en diversas ocasiones. Pero no es la pretensión, la de hacer reír. Solo trato de argumentar una decepción de la manera más accesible que tengo: revisar y exponer sin más. Y repito de nuevo que no hay nada que cualquiera no pueda ver. Lejos de mi alcance queda una de esas críticas a lo Cahiers, que te dejan tumbao parar un rato. Quizá, por su sencillez, peca de inocente, pero siempre se ve mejor a través de un cristal limpio.
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