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3 febrero, 2013

Por qué lloré como un crío con Bestias del Sur Salvaje

Tras las críticas de mis compañeros Pablo (en contra) y Álvaro (a favor), no puedo añadir grandes reflexiones que avalen una de las dos teorias, pero sí explicar por qué me ha tocado la fibra sensible. 

Hemos de olvidarnos de buscarle el sentido a todo. Incluso yo, que se lo busco hasta a Buñuel. No por pereza intelectual. Sino porque a veces nos empecinamos con encontrar en un film una lectura tan profunda y moralmente enriquecedora que nos olvidamos de que en la superficie reside muchas veces su atractivo. ¿Significa eso que hemos de olvidar la intención de un director al hacer una película? Si y no. Sí porque a veces es la lectura que hacemos nosotros, la situación individual de cada uno, la que predomina al juzgar una película. Y no, porque una obra de arte es también la traslación de una idea de alguien a algo tangible, observable por un espectador. Es capturar un momento, ver con un ojo diferente la realidad. Bestias del Sur Salvaje emociona más con lo que resulta evidente que con lo que aspira a ser profundo. Me ha hecho llorar porque lo que he extraído yo de ella me ha emocionado más que lo que el propio director quería que extrajera.

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Benh Zeitlin quiere emocionar con poderosísimas imágenes, tremendamente bellas, que sin embargo tienen un toque de fealdad que aporta esa diferenciación, esa belleza. Bestias del Sur Salvaje es poderosa y enigmáticamente fea y gris. Y lo consigue. Zeitlin no quiere moralizar, ni politizar. Quiere emocionar con la pequeña historia del sobredimensionado universo, el realismo mágico de una pequeña cría que ha nacido en una jungla. Una jungla que es cruel, parte de una naturaleza cruel y devastadora que deshumaniza a los hombres que viven en ella. Y lo consigue. El director norteamericano quiere emocionar con sublimes interpretaciones (no puedo dejar de criticar el elitismo de mi compañero Pablo al denostar la interpretación del padre únicamente por no ser un actor profesional, sino el panadero del pueblo), que conforman las verdaderas vértebras de una historia que es más una reivindicación de la humanidad que de la cruel naturaleza que le intenta hacer sucumbir. Y lo consigue. Zeitlin quiere enseñarnos la historia de una niña que debe luchar por algo que, desde la butaca, no alcanzamos a comprender, pero a lo que ella deberá acostumbrarse para sobrevivir. Quiere emocionarnos con la obcecación de una niña que, por unas dramáticas circunstancias, debe aplicar la dureza que le han inculcado, la responsabilidad, no en su propia superviviencia, como le habían enseñado, sino en la de su propio padre. Vuelca toda la rabia contenida en salvarle la vida. Y el joven director consigue emocionar.

Zeitlin quiere emocionar con una magnánima intención de convertirse en un Malick de Luisiana, en reflexionar sobre metafísica en pequeñas dosis de voz en off.  Y no lo consigue. La parte emocional tiene jugo reflexivo suficiente como para necesitar divagaciones sobre la vida y la muerte. La obsesión de HushPuppy con los latidos del corazón dice mucho más que sus reflexiones con ínfulas universales. Zeitlin quiere dotarle a  una historia íntima y minimalista un toque filosófico que no encaja.

Bestias del sur salvaje es un punto de vista alternativo al político de Treme,  la serie de David Simon para la HBO sobre Nueva Orleans. Pero el film de Zeitlin mantiene esa misma idea tan orgullosa en Luisiana del arraigo a la tierra, al hogar, hasta llegar a un punto casi obsesivo. La joven Hushpuppy nace con esos valores de dureza exterior, de madurez, pero de amor por su tierra.

Sucumbí, como sucumbieron Hushpuppy y su padre, a algo tan natural como exteriorizar las emociones. Bestias del Sur Salvaje nos recuerda (¿o quizá sólo a mí?) que llorar no es más vergonzoso que reír. Que es algo que, en algunos momentos, es inevitable, aunque nos lo hayan vendido siempre como un ejemplo de debilidad. Que la cáscara de dureza, de madurez, por muy dura que esté construida, se rompe como se rompe la dura coraza de los cangrejos del BathTub.

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Sobre el autor, Ricardo Dudda

Le busco el significado hasta a las pelis de Buñuel. Creo que el blanco y negro no es siempre sinónimo de calidad y que Fargo, aunque amo a los Coen, es un coñazo (lluvia de tomates). Me encanta el cine lento, los planos panorámicos y las grandes historias de las pequeñas cosas. Comencé a amar el cine gracias a Totó y Alfredo, pero fueron Wilder y Buñuel quienes más me han enseñado sobre el séptimo arte. Si tuviera que recomendar una película, sería Umberto D. Al cine, mejor solo y sin palomitas.