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30 mayo, 2012

Miel de Naranjas, amarga vuelta a los 50

“¿Otra de la posguerra? ¡No, por favor!”. Probablemente esta frase acapare las primeras reacciones al ver el cartel de Miel de Naranjas en los cines españoles, y tampoco me extraña vista nuestra reciente historia filmográfica, aunque bien es cierto también que todo lo que ocurrió desde la guerra y hasta la muerte de Franco se puede enmarcar dentro de esa catalogación tan repelente para las masas. La nueva película de Imanol Uribe no es la más politizada del género, tampoco la más radical, ni mucho menos la más interesante, pero hay en ella un fondo narrativo muy atractivo que lejos de estar bien aprovechado, se descalabra conforme el superficial trato de personajes y la entorpecida prisa por acabar se convierten en denostados protagonistas de esta Miel de Naranjas.

La película nos lleva a la Andalucía de los años 50 para contarnos la historia de Enrique, un joven que presta el servicio militar en un juzgado y convive con las injusticias características de la posguerra franquista. Su ímpetu por actuar y cambiar las cosas le hará involucrarse en la resistencia, lo que ocultará a su novia Carmen, quien además es la sobrina del general que preside el juzgado de la ciudad. Establecido éste último como villano particular del filme, Miel de Naranjas deja ya florecer sus problemas en cuanto a la definición de personajes: en primer lugar por la incapacidad del director -que inexplicablemente se llevó el premio a mejor dirección en el Festival de Málaga- de aportar algo de dramatismo a los procesos o a los fusilamientos, en los que supuestamente el espectador debe comenzar a detestar al general interpretado por Karra Elejalde; y en segundo lugar por la plástica elegida para la película, amén de un diseño artístico, de vestuario y de una fotografía impropias de una España de mitad de siglo XX, con un colorido y un realismo exacerbados que no hacen sino preponderar el esfuerzo de una ambientación que acaba por hacerse poco creíble. Irremediablemente esto tiene su consecuencia en los personajes, carentes todos ellos de profundidad pero en cambio repletos de dobles raseros, pues cada uno acaba perteneciendo al bando contrario al previsto -aunque de forma previsible-.

La planificación de la película tiene un problema muy grave dado que apenas se ven desarrolladas las relaciones de sus protagonistas hasta bien avanzado el metraje; Uribe cae en el error de dar por entendidas las amistades o amoríos que se ven a lo largo de la historia, y de ello da buena cuenta el poco tiempo que se toma el guion en aportar diálogos con sustancia. De hecho, la aparición testimonial de algunos personajes argumenta lo anterior, puesto que Miel de Naranjas está tan obstinada en narrar la cronología de los acontecimientos que apenas pone de relieve los lazos que unen a aquellos que la protagonizan. Si acaso hay ciertas secuencias que pretenden subrayar la frialdad o malignidad de algunos, pero aquí de nuevo salen a la luz los problemas de Uribe por crear una atmósfera angustiosa o tan siquiera verosímil.

Miel de Naranjas, pese al contexto peninsular, recoge más referencias del cine de espías o de la resistencia en la Segunda Guerra Mundial que de la filmografía nacional sobre la Guerra Civil o la dictadura franquista. Sin embargo su pobre estilo narrativo apenas logra un ápice de curiosidad, todo lo que ocurre se entiende como motivo para el continuar de la trama, pero no como posible causa de esperpento en el espectador. Sus intérpretes tampoco hacen mucho por aportar credibilidad al asunto: Iban Garate no da la talla, Blanca Suárez no se confirma como uno de los talentos jóvenes de nuestro país, Karra Elejalde está desaprovechado y mal dirigido y Carlos Santos hace lo que puede, pero no tiene ni el carisma ni el carácter como para afrontar un personaje de sus características.

Al final nos queda una película fallida, dirigida con prisa y sin la actitud propia de un cineasta como Uribe. La superficialidad de estilo y forma despedaza cualquier intento de estimular al espectador, que sólo permanece en la sala porque Miel de Naranjas transcurre sin torpezas, a lo largo de una línea recta repleta de trivialidades pero carente del encanto que podría haber despertado un argumento de sus características. Una pena.

Sobre el autor, Emilio Doménech

Periodista. Michael Bay me dijo en 1998 que el cine podía ser una experiencia muy entretenida. Roman Polanski me contaba en 2003 que el cine podía mostrar la maldad y el sufrimiento del hombre. Luego vino Paul Thomas Anderson en 2007 y me aseguró que el cine podía incluso hablar sobre el deterioro de nuestras almas. Finalmente descubrí a Tornatore y esa maravillosa secuencia de besos y me enamoré de esto, del cine.