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11 febrero, 2013

Las ventajas de ser un marginado: si sólo lo fueran de verdad…

Ay, la juventud, divino tesoro. Pero también a veces envenenado o impenetrable. La montaña rusa de la adolescencia, con sus alegrías épicas, sus durísimos desafíos, su soledad intermitente o sus experiencias definitorias (de nuestra propia identidad) es un trance que hay que vivir para comprender y superar para seguir viviendo. El cine ha intentado en múltiples ocasiones captar esa extraña melancolía eufórica de una etapa marcada por el descubrimiento y la reivindicación. Clásicos veteranos como Rebelde sin causa o  la más reciente y extraordinaria Los juncos salvajes de Téchine conservan una fuerza que confirma su éxito en tan difícil empresa. Este mismo año, dos cintas españolas, Promoción Fantasma y Animals, han logrado, desde géneros y tonos diferentes, casi contrapuestos (la comedia fantástica ochentera y el drama intimista) transmitir notablemente ese choque de sensaciones, desde la nostalgia al extrañamiento o el alivio, que conforman nuestro recuerdo de aquel decisivo capítulo de nuestra vida (capítulo que algunos no estamos del todo seguros de poder cerrar: ya saben que ahora las edades son líquidas y la adolescencia enseña sus garras más allá de los 20).

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Pues bien, precedida de  las buenas críticas cosechadas en EEUU y los entusiastas tuits dedicados en las últimas semanas (vamos, un hype de aquí-te-espero), este viernes se estrenaba en nuestras salas Las ventajas de ser un marginado, adaptación del best-seller homónimo a cargo del propio escritor de la obra Stephen Chbosky. Quien esto escribe no ha tenido el placer de leer la aclamada novela original, pero la atractiva premisa narrativa promete una mezcla de tragicomedia de instituto y reflexión existencial pasada por el filtro de la inevitable nostalgia. Chobsky construye su relato (al parecer autobiográfico) alrededor de tres personajes (chico-chica-chico) con diversos conflictos (un pasado traumático, la falta de aceptación de la homosexualidad, inseguridades afectivas…) en una estructura triangular clásica que lo emparentan con los clásicos citados y las obras más populares del maestro del cine de adolescentes John Hughes (Todo en un día) , cuyo espíritu imperecedero se convoca también a través del uso de una sugerente textura visual que nos hace viajar casi literalmente a finales de los 80/principios de los 90. Los tres actores protagonistas (el adorable Logan Lerman, nuestra eterna Hermione Emma Watson, y el muy talentoso Ezra Miller cambiando de tercio tras la terrible y controvertida Tenemos que hablar de Kevin) derrochan carisma y contribuyen a crear un aura de simpatía hacia la cinta, en la que se percibe la pasión, el cariño y el esfuerzo invertidos por sus creadores y, especialmente, como es lógico, por Chbosky.

Sin embargo y aunque Las Ventajas de ser un marginado constituya una digna ópera primera que lucha por un cine de adolescentes hermoso y sentido (con un glorioso y vivificante desenlace) ,  lejos de lo que nos tienen acostumbrados últimamente los prefabricados productos de Hollywood, servidor no pudo evitar sentirse decepcionado. El catártico hito generacional que algunos han visto no hizo acto de presencia, por lo menos en lo que a mí respecta. Chbosky quiere bañar de intensidad cada escena, cada conversación (aunque ello suponga encadenar con cierta torpeza clímax emocionales), pero encuentra un enemigo insuperable en la propia naturaleza de su historia, que, generosa en tópicos, no nos remite a la realidad, sino a un universo cinematográfico frecuentemente explorado y lamentablemente ajeno en muchos aspectos a la vivencia real de aquel tiempo: valga como ejemplo la subtrama de Ezra Miller, traslación perezosa de uno de los grandes (y más discutibles en términos de credibilidad) tópicos sobre la problemática de la identidad sexual en el contexto estudiantil, que tuvo en Get Real  (1998) su versión quizás definitiva. Por otro lado, la introducción de elementos sorprendentemente oscuros y dramáticos  en torno al background del protagonista revela la ambición del incipiente cineasta, pero condena al conjunto a un desequilibrio narrativo y tonal que no acaba de compensarse: digamos que la melancolía casa mal con las revelaciones trágicas empleadas como mecanismo de intriga, casi como golpe de efecto y arrebato melodramático que no funciona porque sencillamente no parece que esta fuera su película (quizás influya también que el día anterior hubiera visto la estremecedora, injustamente poco atendida en España Mysterious Skin, una auténtica bomba en esa temática). 

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Cabe lamentar (y mucho),por tanto, que este esforzado, ameno, disfrutable en líneas generales viaje a la adolescencia falle en lo más importante: en lograr que sus personajes cobren vida propia, nos hagan realmente participes de sus aventuras, trasciendan el rol que se les ha adjudicado para acabar viendo nuestra vida en la suya, nuestros ojos en sus miradas, nuestras penas en sus lágrimas. Recorremos gustosamente el túnel con ellos, reímos con ellos, pero no parece que ellos y nosotros respiremos el mismo aire al salir a cielo abierto.

Sobre el autor, Álvaro G Illaramendi

Estudio Empresariales y Derecho, pero mi corazón y mi mente se han formado con el cine. Cuando me hablan de inversiones, pienso en Michael Douglas trampeando en Wall Street; cuando tengo que solucionar un caso penal, en aquellos Doce Hombres sin Piedad; cuando me explican el liberalismo, en Gary Cooper y su Manantial. Durante el Festival de San Sebastián, mi cinefagia alcanza extremos inquietantes, pero si me preguntan qué es el cine, simplemente respondería: ve Amanecer y enamórate.