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noviembre 30, 2012
La vida de Pi, la moraleja no lo es todo
Desde las primeras escenas de Life of Pi, lo nuevo de Ang Lee (Brokeback Mountain, Hulk) basado en la novela de Yann Martel, la palabra fábula me pareció la mejor forma de calificarla. Una historia amable con pretensiones moralistas que busca dejar un poso en el espectador con una suerte de moraleja sobre la vida. Tratándose de una historia que mezcla la filosofía hindú, casi panteísta, con religiones tales como la musulmana, la budista o la católica, dicha idea parecía encajar perfectamente. Pero al terminar su visionado, al comprobar que el poso que dejaba no era más trascendental que el de cualquier cuento ya existente o el de cualquier película con moralina similar, el término fábula ya no me parecía adecuado. No significa esto que La vida de Pi no deje poso. Pero lo deja más en el plano del entretenimiento que en el de la filosofía. No es un libro de autoayuda por cuanto se trata no sólo de una historia endiabladamente entretenida, sino también emotiva. Sabe apelar a las emociones porque sabe dónde hacerlo, en qué momentos incidir en qué situaciones, y todo ello sin una intencionalidad mayor que la de elaborar una historia bonita, sin mayores aditivos ni ingenierías emocionales.
Ang Lee sabe medir los tiempos de una manera excelente. Si bien la primera media hora del film no es más que una excusa para introducir a los personajes, el segundo tramo adquiere un ritmo trepidante en el que uno apenas se da cuenta de lo difícil que resulta rodar un naufragio (aunque Lee tiene la ventaja en este caso de añadir un tigre, lo que dota a la historia de un componente claramente rompedor). Toda trama previa a la del joven Pi sobreviviendo en la barca con un tigre es insustancial en comparación con lo excitante y original que resulta el naufragio.
Pero si la historia se muestra explícitamente real en el naufragio (todo lo que puede llegar a ser en tal situación) y construye una complicada relación entre el joven y el tigre que consigue incluso aterrorizar (el tigre puede devorar de un momento a otro al joven), las partes fantásticas contrastan radicalmente con esa pretensión. Son imagenes muy poderosas, preciosistas, con una estética muy Avatar (aquí terminan las comparaciones con el film de Cameron, no se trata Life of Pi de la nueva Avatar) y un 3D que al fin merece la pena. Pero la intención al incluirlas se me escapa. No aportan más que una pátina fantástica a una historia que consigue entretener por su propia originalidad.
Sí son coherentes, sin embargo, con el juego de ficción-realidad que construye la película. Ya son varios los films en los últimos meses que exprimen la confusión entre realidad y ficción, bien reflexionando sobre el proceso creativo, bien difuminando las fronteras entre cine y realidad. Desde la bizarra Holy Motors hasta Ruby Sparks, pasando por la magnífica En la casa o la más floja El ladrón de palabras. Todas ellas estrenadas en España durante el último mes, y todas ellas, en mayor o menor medida, creando un juego metareferencial al que se une La vida de Pi. Ésta última no busca confundir, pero sí que se reflexione sobre la realidad de lo que se cuenta. Quiere demostrar la bondad de las religiones, que su razón de ser radica en la explicación del mundo mediante la magia, y consigue exactamente lo contrario a su propósito. Al confundir entre realidad y ficción, Yann Martel quería que el lector empatizara con la religión como catarsis, como forma de expiación, como soporte de la vida. Y lo que acaba demostrando es que se trata de un mero cuento, de algo que entretiene más que la realidad, aunque falte a la verdad. Quiere equiparar a la religión con la ficción en la medida en que ambas pueden completar la realidad, hacerla más placentera. Con la diferencia que la ficción no busca ser dogmática, pero la religión sí quiere ser verdad absoluta.
La vida de Pi sabe ser una película inteligente. Pero tiene un fallo de enfoque en la conclusión. En vez de explotar más el juego realidad-ficción, quiere ir más allá y utilizarlo como excusa para construir una idea de la religión idealizada, bella, integradora. Quedándose en una historia bonita, sin más, podría haber sido más interesante que intentando manipular esa belleza. No manipula para emocionar, sino para moralizar. Afortunadamente, antes de la conclusión hay 90 minutos de bellas imágenes, trepidante ritmo y una bonita historia sin efectismos baratos.




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