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30 enero, 2013

Hollywood sólo tiene un papel para los actores árabes

Con un gesto que parece dejar clara su decepción abre un silencio, me mira y retoma la palabra para decir: “Sólo soy un actor, no un embajador de la lucha palestina”. La contundencia de su confesión no es una mera crítica al mundo de Hollywood y la corta diferencia entre papeles que ofertan a los actores de procedencia árabe, también es la reflexión de un intérprete en busca de pretensiones menormente adscritas a la ignominia islámica. “Quiero ser un artista y enseñar mi mundo a los demás como tal”, aseguraba Ali Suliman, de treinta y muchos y con la barba oscura bien arreglada, en la entrevista que me concedió durante el pasado Festival de San Sebastián, donde presentaba su última película.

Minutos antes había entrado a la diminuta sala de citas en un tono alegre y más distendido, el suficiente como para preguntarme la edad y salir corriendo a voces: “¡Yo no hago entrevistas con chicos de 22 años!”. Ramzi Maqdisi, su compañero de reparto, más joven e impecablemente afeitado, no participó en el humor infantil de aquella broma, con lo que la conversación le tuvo a él de intermediario mientras yo luchaba contra la incomodidad del momento. Además hablaba castellano, de manera que la distancia entre Suliman y yo se hizo si cabe más lejana, algo no precisamente sencillo en la claustrofóbica habitación color azul pastel que pretendía una elegancia poco menos que lograda. Las sillas, incómodas y horteras, sólo hicieron que añadir movimiento a aquel diálogo que pronto tornó en airadas reprobaciones contra los estereotipos árabes establecidos en el mundo del cine norteamericano.

Carlos Alvarez/Getty Images Europe

Ramzi Maqdisi (centro) y Ali Suliman (derecha) – Carlos Alvarez/Getty Images Europe

Indiferencia hollywoodiense

No es un tema escondido en la sombra, tampoco uno que no haya despertado las furias de los inmigrantes de Oriente Medio con intención de participar en el mundo del celuloide, al contrario supone uno de los asuntos más controvertidos para la sociedad islámica y los movimientos anti-minorías de Estados Unidos, que año tras año ven vilipendiados sus esfuerzos por culpa de la indiferencia que les presta el sector cinematográfico. Incluso en los últimos años los papeles eminentemente musulmanes han sido concedidos a israelís porque “su estilo interpretativo es más acorde al occidental”, aseguraba un director de casting para el portal de información norteamericano The Daily Beast.

Las culpas son en este caso atribuidas por los inmigrantes musulmanes a los -ellos creen- obvios antagonistas de la contienda, los judíos que controlan los grandes estudios de Hollywood. Los expertos en la materia como Jack Shaheen, autor de la ilustradora novela Reel Bad Arabs: How Hollywood Vilifies People [Árabes malos de carrete -de película-: Cómo Hollywood denigra a la gente], son contrarios a ese otro estereotipo y afrontan la problemática desde otra perspectiva. “Después del 11-S, el deseo de Hollywood de retratar la Guerra del Terror llevó a un dramático aumento de los papeles para árabes, pero esos roles tendían a hacer equivalentes musulmanes con opresión y terrorismo.” aseguraba Shaheen en un artículo para la revista Entertainment Weekly.

“Estoy seguro que le escogen porque es un actor musulmán, no porque sea bueno” me comentaba con cierta frustración Maqdisi en perfecto español y un acento sudamericano que revelaban una biografía repleta de viajes colombinos. “Exactamente”, intervino entonces Suliman, “cuando fui a Hollywood tuve muchísimas ofertas para hacer grandes películas, me ofrecían muchísimo dinero, pero rechacé los papeles porque no quería hacerlos”, algo que le envalentona a seguir su carrera artística alejado de las grandes superproducciones y por lo que sin duda se enorgullece.

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El villano de Norteamérica

La proliferación de largometrajes y series de televisión que afrontan esta temática ha puesto aún más de relieve los indicios que señalan a los árabes como el villano por antonomasia del séptimo arte estadounidense. Y la historia de Sulimani no es la única, Ashraf Khalil publicó un artículo en el diario Los Ángeles Times en 2007 en el que mencionaba a Tarek Bishara, un actor de descendencia palestina criado católico en Brooklyn. Tras graduarse por la Universidad de Nueva York en 2000 se mudó a Los Ángeles para descubrir una cantidad abrumadora de posibles empleos en el cine que siempre demandaban la misma papeleta: barba, gesto irritado y mucho, mucho acento. De hecho algunos directores exigían mayor inflexión en el deje en pleno rodaje: “¿puedes hacerlo con un acento más fuerte?”

Bishara, nuevo en la ciudad, pagó por primera vez a su entrenador vocal con un cheque en el que venía su nombre completo. “¿Qué clase de nombre es este?”, le dijo su profesor. “Umm, mi abuelo es de Oriente Medio”, respondió. “Mira, veo grandes cosas para ti, pero si le dices esto a la gente no trabajarás en esta ciudad”, concluyó el maestro. Bishara aceptó el consejo y en 2004 cambió su nombre a Thom Bishops, lo que le abrió las puertas de muchas películas, incluida la de su primer rol en un gran filme, La memoria de los muertos con Robin Williams.

Suliman muestra cierta empatía con Hollywood y dice entender el creciente aumento de películas con la sociedad islámica como gran enemigo norteamericano. Su rostro en cambio no parece ir en concordancia a lo que dice y mantiene el ceño fruncido y la voz encrespada que despertaron las primeras preguntas que hice ya abandonada la conversación sobre la película que proyectaba en Donostia. Cada vez que termina una de sus intervenciones se agazapa en su asiento o casi se recuesta como indignado, como un niño pequeño, ante un obstáculo ahora mismo inquebrantable que dificulta su progresión como actor. Porque talento no le falta.

Thom Bishops (o Tarek Bishara) - IMDb.com

Thom Bishops (o Tarek Bishara) – IMDb.com

Un problema de ignorancia

A diferencia de él, el actor egipcio Sayed Badreya lleva más de dos décadas interpretando a los ‘malos malísimos’, a los hombres-bomba y a los radicales ataviados en túnicas. Una de sus últimas películas, T for Terrorist, abandona esa rutina para parodiar casi su propia carrera, y el director de la misma, Hesham Issawi, deja un apunte interesante en una entrevista a Entertainment Weekly: “Hollywood no odia a los árabes, eso no es en absoluto real. No nos conocen, así que es más sobre ignorancia que sobre odio.”

En su tesitura parece ir el director norteamericano Edward Zwick (El último Samurái, Diamante de sangre), que en su película Estado de sitio (1998) criticaba la islamofobia: “Tiene que ver menos con nuestra cultura del miedo que con la naturaleza narrativa de Hollywood. Hollywood siempre ha salido a la búsqueda desesperada de villanos para el bien de la dramaturgia. De forma más reciente, los japoneses, por ejemplo, se convirtieron en los villanos de nuevo en las películas [como El imperio del sol (1987) o Sol naciente (1992)] por su consabida dominación económica por aquel entonces.”

Lejos de estar de acuerdo con esta última posición, Suliman y Maqdisi achacan este estancamiento cinematográfico, el que establece a unos como bellacos asesinos y a otros como poderosos defensores del bien y protectores de los despavoridos inocentes, al temor hacia Oriente Medio. Un miedo que comparan sin paliativos a la situación conflictiva actual entre Israel y Palestina, de la que no creen que haya “solución” por el mero hecho de que la aprensión ya está demasiado asimilada en las conciencias de los israelís. Otra aseveración que desvelan con tono decepcionante.

“Tienes que ir terminando” me apresura la joven que organiza las entrevistas. Maqdisi sonríe y me da la mano amigablemente. Suliman me guiña el ojo y me desenmaraña el pelo en un acto de condescendencia más familiar de lo que esperaba al son de: “Thank you so much, american guy [Muchas gracias, chico americano]”. Parece que le he caído bien, aunque la bandera de las bandas blancas y rojas y las estrellas con fondo azul de mi chaqueta no parece haberle entusiasmado. Tanto compañerismo me hace pensar que quizá no esté tan mal eso de ser el nuevo enemigo de Hollywood, al menos conoceríamos el lugar idóneo en el que -por fin- encontrar trabajo.

Sobre el autor, Emilio Doménech

Periodista. Michael Bay me dijo en 1998 que el cine podía ser una experiencia muy entretenida. Roman Polanski me contaba en 2003 que el cine podía mostrar la maldad y el sufrimiento del hombre. Luego vino Paul Thomas Anderson en 2007 y me aseguró que el cine podía incluso hablar sobre el deterioro de nuestras almas. Finalmente descubrí a Tornatore y esa maravillosa secuencia de besos y me enamoré de esto, del cine.