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septiembre 6, 2012
[Festival de Venecia] Quinta jornada, Linhas de Wellington, L’Intervallo y Spring Breakers
Si seguisteis mi cobertura del Festival de Cannes probablemente recordéis algunos de los párrafos que dediqué a la preferencia de las acreditaciones y su consecuente efecto en la rapidez para entrar en las salas o la mejor situación de la butaca en el teatro. La variedad de colores era tan amplia como la de los cinturones de Judo, pero en cambio en Venecia apenas hay tres: rojo, azul y naranja, que diferencian a los articulistas diarios, los periódicos (incluyen medios online, revistas, programas de televisión…) y los medios gráficos (son los últimos en entrar), respectivamente. Obviamente yo tengo la acreditación azul, que normalmente suele dar las mismas posibilidades que la de color rojo, salvo que ellos son menos y sus colas se mueven a mayor velocidad, pero es una pega salvable dada la amplitud de las salas, lo que permite situarse en buenas filas pese a llegar bastante retrasado en las colas. ¿Dónde sentarse? Obviamente las filas con mayor espacio delante son las más cómodas porque te permiten estirar las piernas, pero también son las primeras en llenarse, con lo que la siguiente opción es elegir las esquinas de las filas para poder tener una codera exclusiva, espacio para la pierna derecha/izquierda y, lo más importante, una mejor perspectiva de la segunda pantalla de los subtítulos*.
*Para los que no lo sepan, en muchas salas, por tener que incluir dos idiomas de subtítulos en la proyección, se habilita una pequeña pantalla bajo la principal en la que se proyecta (con otro aparato distinto al de la película) los mencionados subtítulos, normalmente en inglés.
En cuanto a la jornada de ayer os comentaré los tres títulos que pude ver. No han alcanzado el nivel que dejaron Après Mai, Disconnect o Pieta en la cuarta jornada (la mía, que aquí llevan más días), pero sí son unas propuestas de lo más variadas, desde la clásica Linhas de Wellington hasta la bizarra Spring Breakers, pasando por la sutil sátira en forma de fábula que es L’Intervallo.
Linhas de Wellington es un proyecto que estuvo barajando en sus últimos días el ya difunto prolífico director portugués Raoul Ruiz, que en forma de conmemoración ha recuperado su mujer Valeria Sarmiento. Entendida como una miniserie, que se podrá ver enteramente en el próximo Festival de San Sebastián, aquí en Venecia hemos podido ver la versión de 151 minutos. En ella una serie de historias se cruzan durante la invasión napoleónica a Portugal, siendo las conocidas líneas de Wellington que detuvieron el avance francés el centro de convergencia entre todos los personajes del filme. Apenas hay un punto de encuentro como tal hasta los últimos treinta minutos, pero todos los protagonistas son espoleados por los mismos dramas de la guerra desde el comienzo: un soldado herido en combate que tratará de volver a su puesto encontrando a más beligerantes que han sufrido, o esperan sufrir, los horrores de la contienda, una joven en la busca desesperada de un marido, un señor que ha perdido a su mujer y muestra a los refugiados una fotografía para tratar de encontrarla o un sargento que se enamora de una reciente viuda son algunos de los figurantes que forman parte de esta obra.
La narrativa de Sarmiento, que obviamente hereda mucho del estilo de su difunto, apuesta por un clasicismo que de no ser por la fotografía pasaría por un producto televisivo al uso; de gran calidad, pero televisivo al fin y al cabo. Y ello lo notamos en la cuestionable dirección de actores, de la que sale muy mal parada nuestra Marisa Paredes, tan teatral como muchos de sus compañeros de reparto. Una verdadera pena, al fin y al cabo, porque tanto el contexto como las tramas tienen potencial de sobra como para explotarse en un largometraje. Sin embargo el farragoso montaje entorpece el desarrollo de algunos personajes, incluso las desventuras que viven algunos de ellos, dando la sensación de que o bien sobra mucho contenido, o bien falta.
Por la referencia de que aquí vemos una versión acortada de la miniserie quiero pensar que las decisiones en la sala de montaje han sido tan complejas como necesarias como para poder presentar esta película en Venecia, y de ahí esa sensación final de estar viendo algo incompleto. En cambio el tramo final sí consigue conectar todas las historias con clase, poniendo sobre el tapiz aquellas esperanzas a las que se agarran cada uno de los protagonistas y finiquitando el relato manteniendo la dramática académica que se ha visto durante las dos, y largas, horas previas de metraje.
La siguiente proyección, que venía halagada por varios tuiteros italianos que habían asistido al primer pase -la consideraban “una pequeña joya”-, era el largometraje de Leonardo Di Costanzo, L’Intervallo, una simple pero vigorosa diatriba contra las mafias napolitanas que en forma de cuento relata la convivencia de un chico y chica adolescentes en un edificio abandonado. Ambos son encerrados por estas mismas mafias contra las que arremete Di Costanzo, pero de ello no sabremos demasiado hasta la última media hora. Por el camino asistiremos a una cautivadora fábula en la que Salvatore y Veronica se conocerán el uno al otro, infiriendo al espectador parte de la inocencia y falta de libertad a la que se enfrentan estos jóvenes, que por el hecho de nacer en un determinado barrio han visto sus vidas circunscritas a las leyes de la calle, sin que apenas importe aquello que tengan que decirle al mundo.
Di Costanzo rueda su película con honestidad, sin exagerar ni pormenorizar las biografías o la relación de los protagonistas. Además el guion congenia muy bien las referencias sociales más actuales (con el programa de televisión Supervivientes) con las clásicas (a Romeo y Julieta), sin que la historia deje de parecer lo veraz que necesita ser para resultar eficaz. Su final pesimista apuntala además esa falta de soluciones políticas o sociales, con lo que mencionando de nuevo esas primeras impresiones en cuanto a considerar a L’Intervallo como “una pequeña joya” es cierto que puedo llegar a estar bastante de acuerdo, pero echo en falta un dúo protagonista más potente, pese a que Alessio Gallo y Francesca Riso estén bien, y quizá una duración reducida, porque este filme habría sido igual de efectivo como cortometraje dada la notable ausencia de diálogos, que sobre todo se notan ausentes desde la genial escena del bote que tiene esas referencias televisivas que he indicado con anterioridad.
La jornada finalizaría con la valiente y portentosa Spring Breakers, un cuento de hadas protagonizado por cuatro american teenagers cuya apariencia denota el estereotipo más redundante. Estos convencionalismos hacen saltar todavía más las alarmas cuando vemos que el reparto lo engalanan dos actrices del mundo Disney como Vanessa Hudgens o Selena Gómez. Pero pese a que la superficie asuste a los más reticentes con el género teen-groupie actual, cabe apuntar que nada, absolutamente nada es lo que parece. Porque el director se sirve de esta fachada para profundizar con todavía más descaro en su reflexión sobre el sueño americano juvenil, aquel que debaten en sus psiques las, en este caso, estudiantes de universidad lideradas por Gómez y Hudgens.
El estilo narrativo y estructural de la película, con un montaje que se mueve entre los flashbacks y los flashforwards de forma constante y repetitiva, una estética visual en forma de sueño y disparate psicodélico, o los efectos de sonido que juegan con el estruendo de un arma cargándose para prevenir el epílogo, suponen sin duda una forma vibrante de construir esta parodia generacional que se sirve de las conocidas escapadas primaverales conocidas como Spring Break para marcar los autoimpuestos límites que tienen los jóvenes del país norteamericano a la hora de marcar sus objetivos vitales. Desde el “he aprendido que para vivir una buena vida tengo que ser una buena persona” hasta el “quiero atracar bancos y gritar motherfucker todo el tiempo”. Obviamente algunas tramas van sujetas a cierta exageración con tal de crear un impacto mayor, de ahí que el personaje de James Franco -del que no diré demasiado para no fastidiaros la sorpresa- y su solo al piano cantando ‘Everytime’ de Britney Spears despierte más de un WTF.
Hay muchos detalles que analizan con éxito esa mezcla generacional Project X-Disney-Cartoon Network, y es por ello Harmony Korine merece muchos halagos por lo que ha terminado siendo su película, pero también temo por la respuesta fan que puede haber en torno a ella y lo mucho que pueda afectar a las audiencias más jóvenes. En EEUU no creo que ocurra nada, pero España se va a empapar de “Spring Break forever”, y no creo que ese sea precisamente el mejor mensaje, superficial claro, para nuestras niñas.




