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12 febrero, 2013

[Festival de Berlín] 4ª jornada, Child’s Pose, Before Midnight y The Best Offer

Más que desgaste físico, que lo hay, el cansancio que realmente arrecia en los festivales es el psicológico, el intelectual. Un evento de películas de ciencia-ficción (o de terror) bien guarda diferencias con uno internacional de categoría A en los que concursan cintas de autor. No es sólo cuestión de que el cine contemplativo o la criptografía de un argumento sean más capaces de marchitar la viveza del espectador (yo, en este caso), sino también de la necesidad de comprender el cometido último de un filme (todos lo tienen, de una u otra manera) para poder escribir después estos párrafos, que tampoco creáis que se escriben solos. De ahí que hoy, en este caso, os escriba a las 6:30 de la mañana con pretensión a dejar acabado al artículo al mediodía; porque el día de ayer, por decepción y mala uva, por Red Bull y café latte, dejó mi cabeza debatiéndose entre la trompeta y el platillo, a cada cual más ruidoso. Aunque nada que no arreglaran un ibuprofeno y la almohada de plumas sobre la que he dormido esta noche.

Tampoco fue el día de ayer uno especialmente despiadado en cuanto a programación, porque de hecho la mañana dejó dos grandes largometrajes, pero la tarde se cebó con la prensa y, pese a que dejaré de comentar uno de esos malogrados trabajos, sí creo necesario denunciar la elección de Layla Fourie para la sección competitiva de la Berlinale. El silencio que procedió al pase me legitima, y todo aquello que va previo al encendido de luces responde a un sinsentido que más que agotador entretiene por esperpéntico. Una cinta malograda, indigna e incomprensible, un pantallazo azul en el sistema operativo de lo que venía siendo hasta ahora el festival -y eso que no estamos para montar una fiesta- que, como digo, voy a obviar comentar más a fondo.

Child's Pose

Sí sorprendió en cambio el segundo retrato femenino del festival, Child’s Pose, la nueva película del rumano Calin Peter Netzer sobre una arquitecta jubilada de la clase burguesa de Bucarest. Tras el accidente de tráfico que sufre su hijo de 32 años, en el que se lleva la vida de un niño por delante, Cornelia moverá viento y marea para que él pueda esquivar la cárcel. Pero aun siendo el amor de una madre un tema de inherente universalidad, estremece el mimetismo con el que Cornelia y sus amigos se adaptan a las circunstancias que resultan del accidente con tal de ganar el favor de testigos, policía o forenses, una lógica que Peter Netzer amolda a su Rumanía natal con resultados casi espantosos.

A lo largo de Child’s Pose Peter Netzer pone en relieve la irresponsabilidad e hipocresía de sus personajes con la cámara en mano, que es el estilo narrativo característico de la cátedra rumana, y acompañado de unos actores espléndidos, liderados por otra de las señoras a tener en cuenta en la ceremonia de premios, Luminita Gheorghiu. Todo el elenco aporta una increíble potencia dramática a las secuencias de diálogo, y los debates a dos están creados con una tensión a veces arrebatadora, otras simplemente repugnante, pues la pestilencia que desprenden los protagonistas es casi vomitiva. Caen mal por sí mismos, y pese a ello Peter Natzer logra crear un lazo empático con Cornelia, que aún inviable desde una perspectiva racional, se muestra tangible tras una secuencia final desoladora. El amor de una madre, ya os digo, no hay nada más poderoso y universal.

Before Midnight

Y no menguaría el disfrute de la mañana pues se proyectaba en la sesión de las 12:00 la tercera parte de la trilogía Before…, Before Midnight, la comedia romántica indie por decreto. Con Ethan Hawke y Julie Delpy de nuevo en el escenario, en esos larguísimos e inspirados planos-secuencia en los que debaten sobre temas tan variopintos, Richard Linklater vuelve a recuperar la versatilidad argumental y la naturalidad de sus intérpretes.

Hawke y Delpy también ejercen de guionistas (como ya hicieran en la segunda parte) porque conocen a Jesse y Celine, porque son ya parte de ellos mismos tras estos casi 20 años de saga. Primaveras e inviernos que sin embargo no pasan en vano, que debilitan y fisuran su relación, que la retuercen y la enloquecen, que, en definitiva, la separan y la devuelven.

Before Midnight no sólo es maravillosa por lo que ya ha conseguido con ...Sunrise y …Sunset, sino porque alcanza su apogeo en este viaje a Grecia, quizá en busca de la racionalidad romántica de los filósofos, al transformar en un suma y sigue, en un exponencial de lo que fue entonces y es ahora. No relame en las consecuciones de previas películas, simplemente converge lo que vivimos entonces con Jesse y Celine y lo magnifica en un nuevo encuentro que aporta la necesaria perspicacia y la suficiente elocuencia, alejada del idealismo Sorkiniano, para colocarla como una representación casi indómita de los idilios, de las relaciones que llegan a sufrir del desgaste del tiempo, de la compañía.

Queda claro que Linklater, pese a mantener viva la esencia de la saga, aporta los elementos necesarios para contextualizar el nuevo instante que vemos de la vida de Jesse y Celine mediante formas que se sienten innovadoras, casi alejadas de lo que habíamos respirado con ellos hasta ahora. Y estos componentes examinan y comparan su relación, la someten a fuerzas que no conocíamos, y concurren todas ellas hasta los últimos 30 minutos, en una habitación de hotel, que es ya el paradigma de las relaciones románticas. Imprescindible (y ya van tres).

The Best Offer

La jornada tocaría a retirada, Fouriosismo previo mediante, con la proyección de la vuelta a los ruedos de Giusseppe Tornatore (Cinema Paradiso), que presentó The Best Offer, con Geoffrey Rush. De impresionante inicio y deprimente finiquito, el director italiano prueba aquí la magnitud de su talento como director, del ejemplo ideal como contador de historias, pues rueda una primera media hora de fábula ensoñadora y que me ha recordado con cierta nostalgia a la incomprendida Grandes Esperanzas de Alfonso Cuarón, quizá por Ethan Hawke, quizá por ese esteticismo barroco y misterio reservado al son de la absorbente banda sonora de Ennio Morricone.

Aunque Tornatore, que también escribe el guion, está lejos de poder comparar sus habilidades como realizador con las de su escritura, pues la intriga que sacude al espectador en imágenes diluye después en un fangoso tramo final que es casi bochornoso. No sólo por el hecho de que las cotas de previsibilidad casi abofeteen a la audiencia para que dé cuenta de lo que ocurre, sino porque pese a la inteligencia con la que el cineasta dibuja a sus personajes y escenarios, acaba por discurrir en una resolución que por sencilla de deducir a minutos vista acaba por malograr cualquier éxito alcanzado hasta entonces. Los compases finales dan cuenta de que Tornatore vive engañado, cree conocer al público, presume una estupidez generalizada y lo único que consigue es señalarse a sí mismo como el tonto de la contienda. Y discúlpenme el insulto, que no pretende ofender. Al menos no más en la medida que lo han hecho conmigo en semejante condescendiente epílogo.

Sobre el autor, Emilio Doménech

Periodista. Michael Bay me dijo en 1998 que el cine podía ser una experiencia muy entretenida. Roman Polanski me contaba en 2003 que el cine podía mostrar la maldad y el sufrimiento del hombre. Luego vino Paul Thomas Anderson en 2007 y me aseguró que el cine podía incluso hablar sobre el deterioro de nuestras almas. Finalmente descubrí a Tornatore y esa maravillosa secuencia de besos y me enamoré de esto, del cine.