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10 febrero, 2013

[Festival de Berlín] 2ª jornada, A Long and Happy Life, Gold y The Necessary Death of Charlie Countryman

Supongo que aquello de venir a Berlín y rememorar cintas de vídeo de guerras pasadas no es algo que sólo me suceda a mí. El cine bélico forma una parte muy importante de mi conciencia cinéfila, y en ella guardo algunos de mis mejores momentos frente a una pantalla, con lo que cualquier voz alemana recupera inevitablemente esas reminiscencias cinematográficas para convertir los escenarios reales en imaginarios y vestir a los transeúntes en ciudadanos de otros tiempos. Lo más curioso ocurre en los vagones de metro, donde me es inevitable construir por mí mismo la barrera que separaba a los oficiales nazis de los civiles. O en los edificios de cemento, donde a veces atisbo a un hombre refugiado en unos auriculares que observa con anteojos al edificio del otro lado de la calle. Quizá sea antinatural devolver a Alemania a aquellos peligrosos años, pero es lo que el cine ha trazado en mis recuerdos y la vuelta a la realidad sólo hace que mostrarme la capacidad resolutiva de este país de historia tan turbulenta.

A Long and Happy Life

Corta en el tiempo queda aquella separación, Muro mediante, que ligara a los ideales comunistas con la parte oriental de esta capital germana. El mismo ideario que todavía brilla con inocente incandescencia en la sociedad rusa. O al menos eso es lo que nos quería contar esta mañana Boris Khlebnikov con A Long and Happy Life, un drama ambientado en la rusa profunda en la que Sasha, el capataz de una granja, se ve ante el dilema de o bien cobrar una compensación del estado para ceder el terreno donde sus empleados trabajan la tierra o de ponerse del lado de estos últimos y proteger aquello con lo que sobreviven día a día.

Khlebnikov trata aquí de exponer el sentimiento comunitario de Sasha, de la empatía y conmiseración que le transmiten sus trabajadores, para así enfrentar las seductoras ofertas de compra del gobierno local. Pero el egoísmo y la ignorancia toman el control y la complicada elección de Sasha se torna contra él, evidenciando el nulo compromiso de un cosmos rural que no va en concordancia a los ideales de los que creía haberse contagiado. El problema de A Long and Happy Life radica en que la pasividad del protagonista difiere de esa valentía inicial, y los bruscos cambios de parecer de sus jornaleros apenas quedan contextualizados o tan siquiera resumidos o sutilizados, de ahí que la violencia que ruge en los compases finales tiene que ver más con la aparente incongruencia de los acontecimientos que con la supuesta decepción que debería sentir Sasha ante las coyunturas que le han guiado al sangriento término de su negocio. Khlebnikov finiquita de esta manera un filme que por incomprensible y mal definido se perderá en la memoria con demasiada facilidad; y no por falta de tiempo, porque la cinta apenas transcurre durante 77 (largos, eso sí) minutos.

Gold

La osadía de Sasha no es ni comparable a la que muestran los siguientes protagonistas de la Berlinale en Gold, el nuevo largometraje del teutón Thomas Arslan, un western que relata la extraordinaria odisea de un grupo de alemanes que viaja al norte de Canadá en busca de oro a finales del siglo XIX. Partiendo de esta idea el inicio es profundamente desalentador; Arslan se toma su tiempo para arrancar la película y, cuando parece que por fin se decide a ello, lo hace para descubrirnos que su intención es mostrar el desgaste y la lucha de estos ambiciosos viajeros, de retratar la estoica capacidad de la época por abandonarlo todo en busca de una mejor oportunidad sin importar aquello que dejan atrás. Bien podría ser ello un cuento de la realidad española post-2008, y la comparación por seguro vale la pena, pero Gold, más que proponer un cuestionamiento sociológico, lo que pretende es relatar un éxodo al estilo Camino a la libertad (Peter Weir, 2011) y, belleza escénica mediante, acompañar a estos expedicionarios al final de su travesía.

Arlsan concurre junto a sus personajes con la espectacularidad que meritan los paisajes canadienses, y el estridente sonido de la guitarra eléctrica de Dylan Carlson a veces aligera el recorrido, pero el bostezo es también un sentido compañero de contienda. Las trabas van más vinculadas a unos personajes demasiado estandarizados, a un desarrollo episódico sin la técnica o el carácter interpretativo que podría desatar una respuesta más destacable y sobre todo a unos vacíos argumentales que más que desgastar a los trotamundos boches debieron consumir en su momento al borrador del también guionista Arlsan. Porque puedo comprar un par de casualidades Thomas, pero no tengo pepitas de oro suficientes como para solucionarte el trayecto entero amigo, tantas no.

The Necessary Death of Charlie Countryman

Pero para descalabros el de The Necessary Death of Charlie Countryman, el primer largometraje del director publicitario Fredrik Bond. En él Charlie (un hostiable Shia LeBeouf), tras perder a su madre y reencontrarse con ella en una secuencia onírica de insostenible significado, viaja a Bucarest en busca de su destino. Allí conocerá a la mujer de sus sueños (un miscast en toda regla, la guapísima Evan Rachel Wood), la ex-novia de un criminal rumano a la que nunca llegaremos a comprender.

The Necessary Death of Charlie Countrymen no sólo evidencia, por enésima vez, el infructuoso intrusismo de los publicistas en el cine, también que la conjunción de diferentes géneros, estéticas y estructuras narrativas nunca pueden funcionar si el encargado de domar todas ellas no es un absoluto genio. En la película (del que sin duda no es un genio) Bond ocurre que la vertiente romántica advierte un inherente patetismo, que su estética videoclipera a base de slow-motions y música electrónica embarulla el retrato del amor joven, y sobre todo que los saltos entre el montaje de acción, el rodaje trash y el diseño ochentero exclaman una incoherencia agotadora. Salvan la quema los siempre cautivadores Mads Mikkelsen y Melissa Leo. Y ya es decir mucho.

Born this way

Eso sí, nada que no salvara un documental de la sección Panorama sobre la problemática de la homosexualidad en Camerún, Born This Way (“¿What?”). Sí, un tema de extrema precaución y necesaria denuncia, pero no con un elenco de entrevistados mal dirigidos, que cuentan sus historias con poca o nula naturalidad, y un desarrollo muy lejano a conseguir implicar al espectador y mucho menos de emocionarlo y conmoverlo con un asunto de semejante calibre. Parece que tendré que seguir moldeando imaginarios en mi cabeza, porque lo de hoy ha sido una experiencia cinematográfica poco menos que convincente.

Sobre el autor, Emilio Doménech

Periodista. Michael Bay me dijo en 1998 que el cine podía ser una experiencia muy entretenida. Roman Polanski me contaba en 2003 que el cine podía mostrar la maldad y el sufrimiento del hombre. Luego vino Paul Thomas Anderson en 2007 y me aseguró que el cine podía incluso hablar sobre el deterioro de nuestras almas. Finalmente descubrí a Tornatore y esa maravillosa secuencia de besos y me enamoré de esto, del cine.