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9 febrero, 2013

[Festival de Berlín] 1ª jornada, Promise Land, Paradise: Hope y Don Jon’s Addiction

Al abrir las puertas del ascensor y colocarme frente a la entrada del apartamento donde me voy a hospedar creí trasladarme a otra época distinta. Quizá fuera el marcado acento alemán de la casera, quizá la retahíla de edificios post-industriales que observé en el camino desde el aeropuerto, aunque probablemente fuera el ambiente cinéfilo que ya me había contagiado ayer noche la ciudad de Berlín. Porque al asomar por el ventanal creí que un cartel de Coca-Cola iba a caer por la fachada de enfrente como ya ocurriera en la también alemana Good Bye, Lenin. Pero quién sabe, a lo mejor ni tan siquiera esté en uno de esos barrios que formaran parte del lado comunista de la capital previa a la caída del Muro, esa triste desventura que tuvieron que vivir los anfitriones de esta Berlinale.

En la mañana que precede a la noche en la que escribo estos párrafos poco iban a cambiar las cosas. El tren urbano y el paisaje nevado evocaban una fantasía grisácea más propia del pesimismo de una metrópolis rutinaria que de la que por unos días iba a ser la ciudad del Cine en Europa. Pero nada que no cambiara el rojo de las alfombras y los carteles, las pequeñas bombillas que iluminaban la Alte Potsdamer Strabe o los copos de nieve que aportaban el toque invernal distintivo de esta Berlín tan fría.

Promised Land

Y qué mejor sitio para refugiarse de las gélidas calles que una sala de cine. En el Berlinale Palast esperaba la nueva película de Gus Van Sant, al que no le debe pertenecer demasiado la autoría de Promise Land si echamos un vistazo a sus otros trabajos, pero sobre todo si apuntamos a aquellos que ejercen labores de producción y redacción de libreto: Matt Damon y John Krasinski. Los dos actores cuentan aquí la historia de Steve Butler, un comercial de una compañía de Gas Natural que recorre la América Profunda en busca de pueblos que vendan sus reservas de gas al mejor postor.

Lo que comienza como un cuento contemporáneo sobre la crisis económica y el aprovechamiento de las corporaciones pronto reconvierte en drama convencional de resolución apacible. El controvertido juego de personajes dobles, que roza la estupidez cuando busca el subrayado en el tramo final, o el insostenible debate psicológico del protagonista, con un pasado peligrosamente adscrito al beneficio de la moraleja, sólo hacen que hundir a un filme que pese a entretenimiento y buenas ideas no deja de ser una oportunidad desaprovechada y además finiquitada de forma casi vergonzante. Porque poco voy a comentar del videoclip-documental de los Estados Unidos campestres, del muy denunciable discurso del epílogo o de los márgenes que deben haber escrito Damon y Krasinski para solucionar los agujeros de esta decepcionante Promise Land.

Paradise Hope

El siguiente refugio tampoco invitaba a la esperanza pues Ulrich Seidl presentaba a la prensa en las multisalas CinemaxX el cierre de su trilogía, Paradise: Hope. Recuerdo con cierta estima la primera parte, Love, porque con ella estrené el Festival de Cannes del año pasado, aunque nada que solucionara la versión soporífera y escandalosamente desagradable que guardo en otra parte de mi memoria, y no recuerdo Faith porque no pude verla en Venecia por fallo de horarios y desaconsejo de algún compañero, por lo que esta era la oportunidad de redimirme con Seidl. ¡Y vaya si lo ha sido!

Paradise: Hope nos traslada a un campamento de pérdida de peso al que los adolescentes atienden con una apatía más propia de la frecuencia con la que los padres los mandan allí que del interés de los críos por aligerar aquello que transportan. Y no, no es inseguridad o hambre insaciable, lo que llevan encima tiene que ver más con la facilidad con la que sus progenitores pasan responsabilidades a otro para quitarse el muerto de encima. Nada que no conozcamos en la sociedad del ‘siempre hay alguien que lo va a hacer por usted': bien un gigoló keniata, bien un Dios omnipresente o una residencia de verano para hacer desaparecer michelines.

Seidl retoma en Hope el tono provocador que le caracteriza. Es parte de su idiosincrasia como realizador y en este caso lo demuestra con un trabajo de guion y dirección impecables. Porque lejos de la comicidad negra que aligera la marcha o la naturaleza interpretativa de sus protagonistas, la película funciona a la hora de dibujar la historia de amor de la joven Melanie por el doctor de la escuela y sus acometidas por seducirle. Seidl aprovecha esos momentos para poner de relieve los debates morales que conocen sus anteriores largometrajes y señalar a uno de los personajes como único y principal sospechoso, como un casi culpable siempre al borde de la perversión más condenable. Un envilecimiento que lo rueda Seidl con nervio, con la misma fuerza animal que se contiene tras los barrotes que han levantado los valores de esta sociedad occidental tan vapuleada. Y qué mejor forma de rodar la resolución de este conflicto que con una poética secuencia en el bosque donde la bestia, pese a haber logrado escapar de la celda, vuelve a su prisión tras abrumarse por la belleza y la inocencia de una Blancanieves dormida. No hay más esperanza (Hope) en el hombre que ahí, en esa siesta compartida en el musgo de una arboleda.

Don Jon's Addiction

Con un canto a la libertad de por medio (Cloud Atlas, de la que os hablaré largo y tendido cuando vuelva) volvería el toque pervertido a la Berlinale. Esta vez de la mano del debutante en la dirección Joseph Gordon-Levitt con Don Jon’s Addiction, una ágil comedia sobre la dependencia de un joven por la pornografía; un personaje principal, digámoslo, bastante pasado de rosca. Porque Jon es un metrosexual adicto al porno, la fiesta y la limpieza, pero también un ferviente cristiano. Lo que en España llamaríamos un… vale, no creo que exista una tribu semejante en este país.

Levitt propone un montaje rápido y reiterativo para construir a su personaje, con una progresión in crescendo tremendamente divertida por un lado y locuazmente definitoria por el otro. Cada punto de inflexión desencadena un reinicio de los acontecimientos y Levitt consigue que en ningún momento el ritmo de los gags o el devenir de la vida de Jon se pierda entre la comicidad estúpida o acaso simplona. Porque pese a que la pornografía y las referencias al mundo del cine erótico jueguen a favor de esa hilaridad, todos los actores -Julianne Moore, impresionante- responden con gracia e ingenio y la película nunca cae en los convencionalismos del género romántico y de la comedia escatológica. No es que Don Jon’s Addiction vaya mucho más allá, pero es una propuesta indie muy convincente y un estreno satisfactorio de un tío tan majo con Gordon-Levitt.

Lo que queda claro del día de hoy es que en Berlín nadie parece ser demasiado pesimista, ya sean crisis económicas, éticas o sociales las que vengan. Está claro que el rojo, las lucecitas y la sonrisa blanca de Joseph Gordon-Levitt que sustituyó a la nieve esta noche bien le vienen a esta triste y congelada ciudad de Berlín. Buenas noches.

Sobre el autor, Emilio Doménech

Periodista. Michael Bay me dijo en 1998 que el cine podía ser una experiencia muy entretenida. Roman Polanski me contaba en 2003 que el cine podía mostrar la maldad y el sufrimiento del hombre. Luego vino Paul Thomas Anderson en 2007 y me aseguró que el cine podía incluso hablar sobre el deterioro de nuestras almas. Finalmente descubrí a Tornatore y esa maravillosa secuencia de besos y me enamoré de esto, del cine.