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25 enero, 2013

El lado bueno de las cosas, cuando lo único insustancial es el título

No fui capaz de evitar la sonrisita pueril, que torna a veces en una ‘carcajadita’ involuntaria, inevitable y sincera que me provocan las películas de Billy Wilder. Estuve durante toda la proyección con cara de tonto. Ensimismado. Absorto. Como Totó en Cinema Paradiso. Y no precisamente porque su trama fuera sumamente envolvente, ni llena de suspense. El lado bueno de las cosas es de esas comedias que te mantienen con una sonrisa constante, pero que nunca llega a explotar en una sonora carcajada. Se queda en algo discreto, elegante e inteligente.

Desconocida entre la maraña de taquillazos, en la que predominan las esperadas vueltas de Spielberg y Tarantino, The silver linings playbook ha mantenido un inevitable perfil bajo. Pero los Óscar nos avisaron.  Que tuviéramos cuidado con no ensalzar en demasía a los esclavos de Spielberg y Tarantino. Que todavía faltaba la película de David O. Russell. Que todavía faltaban las acojonantes (si “me se” permite) interpretaciones de Jennifer Lawrence y Bradley Cooper. Y dudo que se equivoquen en sus alabanzas. El lado bueno de las cosas es carnaza de Óscar, y por muy diversos motivos.

Silver-Linings-Playbook,-Bradley-Cooper

Uno de ellos, sin embargo, escocerá conciencias, despertará irás y liberará al Kraken del crítico snob. Russell se ha puesto (casi) a la altura de Wilder. Y digo casi porque compararle con el genio de El Apartamento es sacrilegio (hay que salvar las distancias), pero tampoco puedo negar lo bien que bebe de su influencia. Sabe hacer cine romántico inteligente, manteniendo la cabeza fría y no cayendo en idealismos cursis. Y sabe, y esta es la clave de la película,  explotar con enorme acierto la previsibilidad de un guión que tiene su interés en el desarrollo de la historia, y no tanto en desvelar cosas que un espectador inteligente sabe de antemano (y que tráilers traicioneros han desvelado). Si el cine de suspense juega con la incertidumbre del desenlace, el cine que consigue, aun sabiendo el espectador el final, enganchar, emocionar con lo previsible, sólo está a la altura de los más grandes. El mérito de este estilo radica en la creación de un vínculo con el espectador que se reafirma cuando la historia se desenvuelve como éste esperaba. Como cuando uno sabe una canción, sabe el estribillo que viene a continuación, y al llegar a él, disfruta como si fuera la primera vez. Incluso tararea, canta, y se alegra de coincidir con sus previsiones.
En el film de Russell los círculos temáticos se cierran como los cierra Wilder. Con un pequeño detalle, simple, amable y que resulta ser la forma más clásica y literaria de hacer cine. Y quizá, solo quizá, la más bella (aquí algún heterodoxo, incluso yo mismo, me refutará). Pero para llegar a cerrarlo, el film de Russell entra en cuestiones accesorias, fútiles. Peca de centrarse demasiado en cerrar ese círculo y cae en el error de construir una parte media del film llena de levadura (la preparación para el baile sería soporífera si no fuera porque Jennifer Lawrence con pantalones de yoga es AMBROSÍA) y momentos que, si bien contribuyen a construir a los personajes, resultan bastante prescindibles.

Pero ocurre con este film, como ocurre con gran parte de los films que juegan con esta estructura tan clásica, que una vez terminada la película, de lo negativo es fácil olvidarse. Quizá, analizándolo desde una perspectiva fría, le resta honestidad a la propuesta. Sabemos que Russell nos manipula, lo estamos anticipando durante toda la película, pero cuando llega el final no nos importa. Qué importa cuando la sensación es tan gratificante. Cuando las intepretaciones de Cooper y Lawrence son más que sublimes. Cuando el primero hace tan bien de desequilibrado que uno duda si de verdad mantiene su integridad mental, o cuando la segunda es tan irracional que uno no puede sino enamorarse de su espontaneidad. Cuando el genial humor negro de ambos, su autismo social, crea hilarantes situaciones. Y cuando éstas, más que explotarse mediante recursos simplones y humor de mercadillo, dan lugar a bonitas reflexiones. Cuando el personaje de Robert de Niro es tan despreciable que es inevitable cuestionarse su amabilidad en el mundo real.
El lado bueno de las cosas se merece un hueco que parece encontrará en los Óscar. Quizá los Day Lewis, Spielberg y Tarantino de turno eclipsen su relevancia a largo plazo, pero casi lo prefiero. Que se quede como esa joyita oculta que, con apariencia insustancial, con ese título que irradia optimismo vacuo y estúpido de estado del Tuenti, esconde muchos y agradables secretos.
Sobre el autor, Ricardo Dudda

Le busco el significado hasta a las pelis de Buñuel. Creo que el blanco y negro no es siempre sinónimo de calidad y que Fargo, aunque amo a los Coen, es un coñazo (lluvia de tomates). Me encanta el cine lento, los planos panorámicos y las grandes historias de las pequeñas cosas. Comencé a amar el cine gracias a Totó y Alfredo, pero fueron Wilder y Buñuel quienes más me han enseñado sobre el séptimo arte. Si tuviera que recomendar una película, sería Umberto D. Al cine, mejor solo y sin palomitas.