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16 abril, 2012

[Ciclo Billy Wilder] El Gran Carnaval, certero juicio al amarillismo

¿Es posible encontrarnos hoy en día con películas que, como el buen vino, hayan ganado respecto al año de su estreno? Sin duda, aunque no suela ser lo habitual. Uno de los primeros aspectos que se suele analizar cuando hablamos de cine antiguo suele ser la capacidad de una película para mantenerse joven. Hay muy buen cine que para valorarlo necesita ser contextualizado en su época y hay otro que a pesar de contar con decenas de años a sus espaldas, sigue manteniendo esa facilidad para conectar con el público. Ahora sabemos que tanto el Billy Wilder guionista como el director eran dos auténticos maestros en esta suerte, consiguiendo que películas en edad ya de jubilación puedan ser vistas como si de cualquier estreno del pasado viernes se tratara.
Con El Gran Carnaval, Wilder no solo confirma esta virtud sino que da un paso más consiguiendo que esta cinta sea quizás más apreciable en pleno 2012 que en el momento de su estreno, por el que pasó de puntillas. No es que Wilder fuera un gran visionario, pero nos ha demostrado conocer tan bien todos los recovecos del ser humano que le es asombrosamente fácil plasmar en pantalla todas aquellas mezquindades y debilidades que con los años se han dilatado en nuestros comportamientos. Ahí radica gran parte del éxito de El Gran Carnaval, una de las obras posiblemente más infravaloradas del genio a la hora de ser incluida en sus tops particulares.

El Gran Carnaval cuenta la historia de Charles Tatum, un periodista que tras haber sido despedido de multitud de diarios alrededor del país termina recalando en uno local de Albuquerque, en el término de Nuevo México. Así es como Tatum, genialmente interpretado por Kirk Douglas, se presenta al director del periódico que le empleará durante los siguientes dos años en su búsqueda personal por reencontrarse con el éxito. Sin embargo, sus principios periodísticos distan mucho de los que mueven a ese pequeño diario local. Ese Tell the Truth que vemos bordado en las paredes de la redacción desde el primer minuto no casa demasiado con lo que Tatum entiende por periodismo. En ningún momento lo esconde, desde el principio se presenta como un personaje que si necesita manipular una noticia para hacerla llegar a portada, lo hará. Descubre tanto sus cartas que a los pocos minutos de empezar la película ya imaginas que si una noticia depende de que se cometa un asesinato, Charles Tatum no tendría ningún problema en cometerlo si él mismo pudiera contarlo después. Es incorregible, mentiroso, manipulador…y lo sabe.

El grueso de la historia se desarrolla cuando Tatum debe cubrir otra de las superficiales historias que le son encargadas, para la que elige como acompañante a un joven becario de la redacción. Es allí donde se encuentra con el drama de Leo Minosa, un vecino de la localidad al que un derrumbamiento ha dejado atrapado en el interior de una montaña mientras buscaba restos arqueológicos indios. La retorcida mente de Tatum no tarda en ver el provecho que le puede sacar a esa historia, y se beneficia de ser uno de los primeros visitantes que han llegado al lugar de la noticia para autoerigirse como coordinador del “rescate”. “Rescate” porque Chuck Tatum sabe mejor que nadie que una historia que dura siete días vende siete veces más periódicos que una que acabe en unas horas. De esa manera, pone toda su maquinaria dialéctica y de persuasión al servicio de un único fin: Mantener a Leo Minosa en el interior de la montaña mientras en torno a él se va formando una parafernalia mediática sin igual. La crítica de Wilder se extiende cuando no solo es el protagonista el único que desea mantener a Minosa en el interior, sino que tanto el sheriff local como la mujer del propio afectado encuentran razones para apoyarle. A partir de ese punto se desencadena El Gran Carnaval, título que a su vez suavizó el original y más puntiagudo Ace in the Hole. Todo el mundo encuentra la manera de sacar provecho de la situación mientras cada día se congregan en la zona miles de personas. Todos tienen un as en el agujero.

Wilder impregna toda la película de un cinismo y de un humor negro que genera una agobiante sensación de desesperanza ante lo que vemos. Cada uno de los personajes es el fiel reflejo de las peores miserias del ser humano, aquellas que tan bien ha retratado el director a lo largo de toda su filmografía. Es una cinta cruel que critica, con mayor acierto actual incluso, el amarillismo de una prensa que en algún momento puso por delante las ventas a los principios morales. La actual pérdida de privacidad -en muchos casos incluso consentida- o el bestial servilismo de muchos medios de comunicación a un partido o una ideología concreta son solo algunas de las extrapolaciones que se pueden hacer de El Gran Carnaval hacia nuestros tiempos. Aquello que ya tan bien retrató Orson Welles en su Ciudadano Kane vuelve ser criticado por Wilder con métodos menos sutiles pero quizás más efectivos en la actualidad entre las grandes masas. Estas dos películas reproducen a la perfección el momento en el que la prensa se percató de que se infravaloraba si se dedicaba meramente a informar, porque podía llegar más lejos generando corrientes de opinión, sacando gente a las calles o incluso cambiando gobernantes. Ese poder que a día de hoy mantiene más fuerte que nunca -aunque también más diversificado- conlleva el peligro que tanto Welles como Wilder quisieron mostrarnos de manera tan acertada en ambos casos. El segundo incluso aun se atrevería años después a entregarnos otra joya con el periodismo como temática con Primera Plana, aunque esta de un mayor espíritu cómico y más liviana en cuanto a crítica.

El Gran Carnaval es con seguridad una de las películas que mejor ha envejecido de Billy Wilder, pudiendo hasta afirmar que sigue de rabiosa actualidad. A ello ha colaborado la adaptación de la misma que hace poco estrenó Álex de la Iglesia con el Teatro Romano de Cartagena como telón de fondo. Pese a la falta de sutileza de esta última, ojalá sirva para descubrir en sus influencias la pequeña joya que en 1951 ya avisó de que “el periódico de hoy, mañana será el de ayer y solo servirá para envolver pescado”.

Sobre el autor, David Genovés

Estudiante de Ingeniería Industrial que se venga de ella escribiendo. Aficionado al deporte, la tecnología, la fotografía y al mundo de la actualidad y de la empresa. Cinéfilo y viajero. Colaboro con los Cines Lys de Valencia.