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junio 1, 2012
Blancanieves y la Leyenda del Cazador, la tiranía de lo estético
La catalogación de películas es a veces una metodología muy criticada según qué cinéfagos, sobre todo en el aspecto de decidir a qué género o tipo pertenece determinada película y los pretextos a los que tiene que acudir el espectador para valorarla en su justa medida, puesto que mirarla con unos ojos demasiado críticos puede llevar al conocido esnobismo o a la infame repudia de cualquier producto de cierta superficialidad que haya consumido en su desarrollo más de 100 millones de dólares. He aquí hoy un ejemplo más de filmes a los que es necesario encuadrar en unos límites concretos cuya trasgresión supondría romper con la esencia por la cual fueron creados en un primer lugar. Blancanieves y la Leyenda del Cazador hace honor a ese pretexto, rebasar cualquiera de los márgenes de la historia original supondría romper con la esencia del cuento popular, con lo que atenerse a ciertos pilares básicos resulta imprescindible. Claro que aun manteniendo la inherencia entre relato y adaptación, demasiado conocida por el público, la adición de nuevos giros argumentales y una estética visual renovada resultan imprescindibles para que la propuesta no caiga en el olvido, de ahí lo que vimos hace unos meses con la libre adaptación de Tarsem Singh y ahora también con esta épica y oscura aventura que nos llega de la mano del debutante Rupert Sanders.
Tal y como nos contara el cuento de hadas, Blancanieves y la Leyenda del Cazador tiene como protagonistas a Blancanieves (Kristen Stewart) y a su madrastra Ravenna (Charlize Theron), una malvada bruja que se hará con el reinado tras asesinar al padre de la joven heredera y encerrarla a ella en la torre norte del castillo. Pasada su adolescencia, Blancanieves al fin conseguirá escapar, lo que hará que Ravenna ponga tras su pista al Cazador (Chris Hemsworth), un viudo que terminará convertido en protector y mentor de la princesa. Todo este tramo transcurre de forma impoluta, y de hecho el prólogo alberga toda la magia que nunca consigue recuperar la película, pero los problemas se van sucediendo entonces cuando la falta de verosimilitud y el excesivo metraje se adueñan del filme y hacen del tedio un candidato a adjetivo agregado del título.
Sanders, con un pasado publicitario encomiable, hace notar su experiencia en el aspecto visual, que además se apoya en uno de los diseños de producción más espectaculares del año. La oscuridad que rodea al castillo inicial y al ‘eterno’ Bosque Oscuro -lleno de serpientes, insectos…- se contraponen a la esplendorosa naturaleza que vemos más adelante y que recuerda de manera demasiado apreciable a La Princesa Mononoke de Hayao Miyazaki. En ese sentido el director parece muy atraído por los efectos especiales y los decorados de su película, lo que termina haciendo del segundo acto algo más parecido a una atracción de parque temático con pintorescos escenarios. De hecho la cinta quizá les funcione mejor en los Universal Studios de Orlando. Porque la trama apenas cambia de rumbo a partir de la primera media hora, obcecándose el guion en la persecución de Blancanieves por el feo y bien caracterizado hermano de Ravenna, Finn (Sam Spruell). Además el interminable viaje que comparten enanos, Cazador y Blancanieves maneja distancias que luego se resuelven de manera inverosímil, enfadando aún más si cabe a aquellos que esperaban una pronta resolución. El tramo final, en cambio, funciona con más soltura gracias a los múltiples falsos finales, que aunque puedan causar cierto estupor en segun qué audiencias, sí logran su cometido de aligerar el ritmo y transcurrir sin problemas hasta el épico y bien trabajado epílogo.
Pero si hay dos personajes que logran hacerse dueños de la cámara, esos son sin duda Blancanieves y Ravenna. Tanto Kristen Stewart como Charlize Theron rivalizan en un duelo de belleza digno de los estándares más exigentes, dado que resulta complicado recordar una película en la que hayan salido tan guapas. Y no sólo eso, porque aunque Stewart rememore en cierta medida a la Naomi Watts de King Kong (Peter Jackson, 2005), aunque Theron se deje controlar demasiado por la maldad de su Ravenna, ambas actrices acaban manejando muy bien los estereotipos y aportan la personalidad suficiente como para hacer del relato uno portentoso y creíble. Chris Hemsworth, por su lado, aporta la masculinidad y agilidad que ya le vimos en Thor (Kenneth Branagh, 2011) y sin añadir demasiadas florituras extra que desvalijen el conjunto.
Tanto el plano técnico como el artístico encabezan los logros de Blancanieves y la Leyenda del Cazador, que pese a la excesiva vivacidad del tramo de ninfas o a ciertas elecciones de montaje que entorpecen el frenetismo de las escenas de acción, engalanan la fábula con un vestuario ejemplar -de la tres veces ganadora del Oscar Colleen Atwood-, un serio trabajo de fotografía -del poco conocido Greig Fraser-, una banda sonora oportuna -del habitual compañero de Shyamalan, James Newton Howard- y una soberbia dirección artística -plagada de nombres importantes del gremio como el nominado al Oscar David Warren-. Claro que también es importante recalcar que este es el debut cinematográfico de Rupert Sanders, quien lejos de fallar estrepitosamente en las dificultosas secuencias épicas se apoya en una planificación bien armada -recogiendo muchos planos al hombro y otros tantos mediante grúas y travellings en carrera- que tras la labor de montaje y sonido funcionan sensacionalmente en pantalla.
Pero pese a lo señalado, el plano general que deja Blancanieves y la Leyenda del Cazador es el de postergarse hasta el aburrimiento, apoyado en un tono cristiano-feminista que no ayuda nada -lo que comienza como un simple Ave María se convierte en la historia de Jesucristo-. Aunque Sanders también peca de listo con las constantes referencias a la saga de El Señor de los Anillos, lo que intuyo hace con tal de que se nos contagie de nuevo el espíritu aventurero de la Tierra Media. Obviamente no lo consigue, y de hecho con ello salen a relucir más pegas que van desde la pobre presentación de los enanos -que podría haber sido mucho más divertida- hasta la conversión en heroína más estandarizada que conocemos -arenga a tropas inclusive- pasando por un triángulo amoroso pobremente cimentado o una villana que pierde el merecido protagonismo con el transcurrir de la historia.
Al final nos queda una fábula que, aunque conocida, presenta una versión más adulta, pulcra y heroica que termina haciendo de Blancanieves y la Leyenda del Cazador un acercamiento interesante al cuento popular. Por el camino aparecen cierta apatía y resentimiento por culpa de un mensaje confuso y una amalgama de referencias que acaban distrayendo, pero su estética visual, que parece ejercer su dominio sobre todas las otras dimensiones de la película, y el carácter interpretativo de sus actores son motivos suficientes como para salvarla de la quema y colocarla como una de las superproducciones más solventes de este tramo final de primavera.







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